Los aranceles impuestos por Donald Trump al acero y aluminio importados, para proteger a la industria local del acero y el aluminio, terminarán dañando a... la industria local del carbón.

Así lo hizo notar Brasil, con una determinación no exenta de ironía, al reaccionar frente al impuesto de 25% al acero y 10% al aluminio que impuso la Casa Blanca con la excusa de la seguridad nacional.

“Las guerras comerciales son buenas… y fáciles de ganar”, tuiteó Trump un par de días antes de firmar la imposición de aranceles. Por suerte  para él y para el mundo, lo que ha firmado dista mucho de ser una guerra comercial. Pero es una movida en esa dirección. No se trata de una acción antidumping ni menos una decisión impulsada por la seguridad nacional, como arguyó para salirse con la suya. Simplemente busca dar a un salvavidas a una industria local ineficiente. Quiere que las fábricas vuelvan a casa. Trump sigue pensando que el futuro de Estados Unidos está en su pasado.

Brasil es el segundo exportador mundial de acero a Estados Unidos, y por lo tanto, será el mayor perjudicado en la región con esa alza de 25% en su costo de ingreso al mercado estadounidense. Pero para producir el acero que exporta a EE.UU., el país sudamericano necesita como insumo carbón met y ese carbón lo compra en Estados Unidos.

El mayor exportador de acero a Estados Unidos es Canadá y el cuarto es México, detrás de Brasil y Corea del Sur. Pero la Casa Blanca hizo excepción con sus dos vecinos, decidiendo que no tendrán que pagar el arancel -que entra en vigencia el 23 de marzo-, ya que el tema se incorporará a las negociaciones en curso para reformar el Nafta.

En cuanto al aluminio, el único país latinoamericano que exporta significativamente a Estados Unidos es Argentina, que aunque abastece solo el 2,3% de las compras estadounidenses del metal, igual es una suma que bordea los US$ 550 millones anuales.

No es casualidad que los mercados casi no se hayan movido con el anuncio de Trump. Incluso si se toma en cuenta el total de compras a las que se aplicarán los nuevos aranceles, estamos hablando de US$46.000 millones en importaciones provenientes de todo el mundo, apenas el 2% de las compras externas de Estados Unidos.

Exageran quienes han comparado esta medida proteccionista de Trump con la ley Smooth Hawley de 1930, con la cual Estados Unidos subió aranceles a la importación de 20.000 productos, desatando una guerra comercial que en dos años había reducido a la mitad el comercio global, agravando la Gran Depresión que llevó a Hitler al poder en Alemania.

“Las guerras comerciales son buenas… y fáciles de ganar”, tuiteó Trump un par de días antes de firmar la imposición de aranceles. Por suerte  para él y para el mundo, lo que ha firmado dista mucho de ser una guerra comercial. Pero es una movida en esa dirección. No se trata de una acción antidumping ni menos una decisión impulsada por la seguridad nacional, como arguyó para salirse con la suya. Simplemente busca dar a un salvavidas a una industria local ineficiente. Quiere que las fábricas vuelvan a casa. Trump sigue pensando que el futuro de Estados Unidos está en su pasado.

Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha liderado el establecimiento de un régimen comercial multilateral basado en reglas que buscan impedir que se repita la situación de los años 30. En ese marco, comenzaron a firmarse acuerdos de libre comercio y se estableció la Organización Mundial del Comercio (OMC) para garantizar los acuerdos, resolver disputas y castigar a los tramposos. Cierto, la OMC está lejos de ser perfecta, pero es la tribuna multilateral que creó el propio Estados Unidos para que un país reclame si otro está subsidiando una de sus industrias para exportar sin competir.

Con su medida unilateral, Trump da la espalda a las décadas de esfuerzos que ha hecho su país para establecer un sistema de comercio global propicio para su propia economía en primer lugar y, de paso y en la medida de lo posible, para el resto de las economías del mundo.

Donald Trump una vez más muestra que no entiende la economía global ni la intricada red de relaciones que establece el régimen de comercio global. Su negocio de hoteles y casinos es eminentemente local, aunque sus propiedades se encuentren en Miami, Dubai o San Petersburgo. Entre los millonarios que integran su gabinete, los únicos con visión multinacional eran el renunciado Gary Cohn, ex Goldman Sachs, y el defenestrado Rex Tillerson, ex Exxon. No es casualidad que su secretario de Comercio, Wilbur Ross, responsable del informe que recomendó la imposición de aranceles al acero, haya hecho su fortuna en el acero local.

Trump se ha portado como el genuino proteccionista que es. Y además, ha cumplido una vez más con la promesa que le hizo a sus fans de tratar de traer de vuelta las fábricas que se fueron al extranjero.

Afortunadamente, casi toda la industria estadounidense se ha opuesto a la medida. Y como el propio Brasil señaló en su reacción a los aranceles, las empresas estadounidenses saben que Estados Unidos fabrica armas, vehículos, edificios y otras minucias con acero importado de Canadá, Brasil, Corea del Sur y México, por nombrar a los primeros cuatro exportadores.

La movida de Trump no es una declaración de guerra comercial, pero hacia allá apunta. Los países de América Latina y del mundo han reaccionado, civilizadamente, dentro de las reglas del juego que estableció el mismo Estados Unidos. Han pedido excepción a la imposición arancelaria, de forma parecida a lo que ya lograron Canadá y México. El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, acaba de abrir una ventanilla de posible excepción a los países europeos, a cambio de que hagan mayores aportes a la OTAN.

Los europeos son los únicos aliados de EE.UU. que han hablado de responder con la imposición de aranceles a la importación de productos estadounidenses, desde bourbon a jeans. Lo más probable es que no haya que llegar a tanto. Hasta la próxima movida de Donald Trump.