El 19 de marzo pasado, un hombre diabético de 41 años murió de Covid-19 en Ciudad de México. Fue la primera víctima fatal del coronavirus en el país. Como no había viajado fuera del país ni había tenido contacto con algún viajero, era claro que se trataba de un caso de transmisión comunitaria. Pero México no pasó oficialmente a fase 3 de la pandemia --transmisión comunitaria-- sino hasta una semana después.

El caso muestra que, desde un comienzo de la pandemia, el gobierno mexicano ha actuado con retraso. Partiendo por las acciones del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien al comienzo negó con sus actos y sus palabras la seriedad de la crisis. Cuando ya había docenas de casos confirmados, dijo en uno de sus puntos de prensa matinales que “hay que abrazarse, nada va a pasar” y subió a su cuenta de Twitter un video donde aparecía abrazando y besando a sus seguidores en una manifestación pública. No fue sino hasta el 15 de abril que la presidencia anunció que AMLO suspendía sus giras y se quedaría en Ciudad de México manteniendo el distanciamiento social.

El retraso y la negación de la gravedad de la pandemia incluyeron al subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, quien ofrece anuncios diarios con los nuevos casos de contagios y la situación de la epidemia. En marzo insistía en que no hay evidencia científica de que restringir los viajes, en el contexto de la epidemia, juegue un rol relevante en la protección de la salud pública.

El 1 de mayo, el subsecretario López-Gatell predijo que el peak de la epidemia llegaría el 6 de mayo y que, a partir de entonces, el número de nuevos casos comenzaría a descender. “Hemos aplanado la curva”, dijo. Los hechos no le han dado la razón.

Otro ejemplo del retraso del gobierno mexicano en reaccionar a la pandemia: el estado de emergencia no se declaró sino hasta el 30 de marzo, cuando los restantes países de América Latina lo habían establecido semanas antes. Solo ese 30 de marzo se suspendieron todos los servicios no esenciales, se prohibieron las reuniones de más de 50 personas y se declaró la auto-cuarentena para los mayores de 60 años.

Llamamos al gobierno mexicano a tomarse en serio la pandemia, por las pérdidas de vidas humanas que trae consigo y por el sufrimiento feroz que producen las consecuencias económicas que trae aparejada.

Es cierto que el Covid-19 llegó a México unos días más tarde que al resto de la región. Pero también es verdad que la epidemia ha avanzado en el país. Según las cifras oficiales, al 10 de mayo había 33.000 casos confirmados de Covid-19 en México. Y de ellos, dicen las estadísticas, 3.300 habían muerto. Según esas cifras, la tasa de letalidad de la enfermedad en México es de 10%, es decir, uno de cada diez enfermos ha muerto a causa de la infección.

Esta es de lejos la tasa de letalidad más alta de América Latina y una de las más altas del mundo. En Chile, el otro país de la región que es miembro de la OCDE, la letalidad es de 1,1%.

La alta tasa de letalidad mexicana bien puede explicarse por la deficiencia de sus estadísticas. Es más que probable que el número de enfermos esté seriamente subrepresentado, producto del bajo nivel de testeo que tiene México. Al 28 de abril, el país había realizado 0,6 tests por cada mil habitantes, de lejos la cifra más baja de la OCDE. Su socio latinoamericano en esa organización, Chile, había conducido a igual fecha 10,4 tests por cada mil habitantes.

Pero si el número de contagiados es mucho mayor que lo que dicen las estadísticas oficiales, lo mismo parece estar sucediendo con el número de muertos. Una investigación de The New York Times reveló que la real cantidad de fallecidos podría más que triplicar lo que dicen las cifras del gobierno. El total de muertos al 10 de mayo podría superar los 10.000.

Mayor evidencia de esto hay en el colapso del sistema hospitalario en Ciudad de México, donde se dan la mayoría de los casos. Hay enfermos en colchones en el suelo, otros acomodados en sillas a falta de camas. Y muchos son rechazados por hospitales debido a la falta de capacidad, o enviados a otros hospitales menos equipados para la emergencia. Algunos mueren buscando un lugar, dice el Times. Otros mueren en sus casas sin haber sido admitidos a un hospital.

El ex ministro de Salud, José Narro Robles, ha acusado al subsecretario López-Gatell de mentirle al pueblo mexicano. Los expertos dicen que no son confiables las estimaciones del gobierno acerca de cuándo se llegará al peak de contagios, cuánto durará la epidemia y cuál será la cifra final de muertos.

Con esta evidencia, está claro que los esfuerzos del gobierno mexicano por lidiar con el coronavirus se han quedado trágicamente cortos. Y que México sigue subestimando la magnitud de la pandemia.

Bajo estas circunstancias, hacemos un llamado al gobierno mexicano a tomarse en serio la pandemia, porque ésta se quedará un buen tiempo con nosotros. Algunos expertos han dicho que podríamos llegar hasta el 2022 antes de tener una vacuna o bien medicinas eficaces para su tratamiento. México debe tomarse en serio la pandemia no solamente por las pérdidas de vidas humanas que trae consigo, sino también por el sufrimiento feroz que producen las consecuencias económicas que trae aparejada.

México debe aumentar significativamente el número de tests diarios que realiza, en lo posible a 100.000 tests por día. También debe hacer trazabilidad de los contagiados para poder proceder a su aislamiento y sólo debe comenzar a levantar las cuarentenas cuando el número de casos se mantenga a la baja por al menos unos 14 días consecutivos.

Será crucial también mejorar la infraestructura hospitalaria y transparentar las estadísticas, de manera de poder saber realmente cuántas personas están muriendo y enfermando a causa del Covid-19.

Finalmente, le recordamos al gobierno que el virus no es político. Por lo mismo, le sugerimos que siga la opinión de los científicos y escuche menos a los políticos.