El Observador de Uruguay. A tono con lo que fue un año caliente en la política y en la economía, los argentinos tuvieron una última semana movida de 2017, en la cual el dólar volvió a ser noticia y el funcionario más poderoso empezó a tambalearse en el cargo.

Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central (BCRA), fue durante los dos años del gobierno de Mauricio Macri "el villano" de la película. Y parecía disfrutar ese personaje.

Obsesionado con la baja de la inflación y apegado a la línea ortodoxa, adoptó una dura política monetaria que implicó llevar las tasas de interés a niveles récord. Hoy las letras del Banco Central (Lebacs) pagan 28,75% anual, lo que implica una ganancia real de 10 puntos por encima de la inflación que prevén los privados.

Esa política resucitó la clásica "bicicleta financiera" y generó una bola de Lebacs que hoy ya supera en 20% el total del dinero circulante. Y, además, contribuía a retrasar el tipo de cambio, dado que los inversores abandonaban el dólar para pasarse en masivamente al negocio de la tasa de interés.

Ante quien lo criticara, Sturzenegger contestaba que esa "mano dura" era imprescindible para bajar la inflación. Muchas veces las críticas vinieron desde dentro del propio gobierno, y en todos los casos el titular del Central ganó la pulseada. De hecho, se había hecho fama de invencible en la pelea interna del gobierno: ya habían tenido que alejarse dos "pesos pesados" como Alfonso Prat Gay y Carlos Melconian.

Pero todo eso parece haber cambiado drásticamente. El reciente anuncio de todo el equipo económico dejó en claro que Sturzenegger perdió el apoyo del presidente Mauricio Macri, que hasta ahora siempre lo había respaldado. Y, para preocupación de muchos economistas, quedó flotando en el ambiente la sensación de que la autonomía del Banco Central sufrió un recorte a manos del "ala política" del gobierno.

Aceptando la realidad. Más que un anuncio, se trató de un sinceramiento. Al "recalibrar" las metas de inflación, los funcionarios aceptaron que la economía iba por un carril diferente a sus planes.

Los miembros del equipo económico demostraron reflejos, algo tardíos, pero reflejos al fin, para evitar el mal mayor: que sus proyecciones económicas cayeran en la irrelevancia y fueran ignoradas por la sociedad en medio de las negociaciones paritarias e indexaciones de contratos.

La realidad es que ya nadie tomaba como un número creíble el 10% más dos puntos de margen que el Banco Central había fijado como meta inflacionaria para 2018. Ni el mismísimo ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, lo hacía, al punto que insinuó que no le disgustaría que la pauta para los próximos acuerdos salariales tomase como referencia el pronóstico del sector privado.

Las expectativas del sector privado que releva el Banco Central están en 16,6% para 2018.

"Las expectativas del sector privado que releva el Banco Central están en 16,6% para 2018. Entonces, uno debiera esperar que las paritarias cierren en ese número", decía el funcionario hace dos semanas. Y, de hecho, esa cifra estaba en sintonía con la partida para los jubilados y pensionados que el propio Palacio de Hacienda suscribió en el proyecto de Presupuesto 2018.

Por otra parte, las primeras paritarias que se van cerrando, en sectores como bancarios o aeronáuticos, apuntan a números en torno del 20%. Llamativamente, la cifra que todo el mercado espera como inflación para 2018 es la misma que Sturzenegger había prometido... pero para 2017. Y en este año que terminó, se cerrará con 23%, es decir la inflación que Alfonso Prat Gay había estimado... pero para 2016.

En definitiva, lo que el equipo económico hizo fue reconocer que entre sus proyecciones y la realidad existía un "delay" de un año. Todas las metas inflacionarias se vienen cumpliendo con retraso, y lo mismo ocurriría con la inicialmente propuesta para 2018, es decir que el ya extinto pronóstico de 10% quedará vigente... pero para 2019.

Sturzenegger, el perdedor. En ese proceso de sinceramiento hubo claros ganadores y perdedores. El gran perdedor, naturalmente, es Sturzenegger. Su incomodidad fue evidente en la conferencia de prensa, cada vez que los periodistas le recordaron la vehemencia con la que defendía sus metas de inflación, su política de altas tasas de interés y su ya famosa frase "revisar metas es lo mismo que no tener metas".

Ahora, quedó en evidencia que se impuso la visión de quienes criticaban la línea del Banco Central.

La contracara del presidente del Central fue el "ala política" del macrismo, representada por el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, el jefe de gabinete, Marcos Peña y sus vicejefes Mario Quintana y Gustavo Lopetegui.

En realidad, el primer síntoma de que el contexto político estaba cambiando ocurrió en agosto pasado, cuando Sturzenegger tuvo que abandonar su preciada neutralidad cambiaria e intervenir directamente para ponerle un techo de 18 pesos argentinos a un dólar que se escapaba en plena campaña electoral. "Federico, hay que sacar el dólar de la tapa de los diarios", había sido la lacónica frase de Dujovne con el aval presidencial.

Y durante las últimas semanas se habían repetido las advertencias en el sentido de que si Sturzenegger se empeñaba en mantener las tasas altas, se ponía en riesgo el objetivo oficial de crecimiento del PIB de 3,5% previsto para el 2018.

En realidad, quien expresó con más elocuencia el malestar fue un peronista, el senador Miguel Ángel Pichetto, quien en el debate sobre el presupuesto 2018 dijo: "No cierra en Argentina que el Banco Central se maneje con autonomía como si fuera el Bundesbank. Esto permite un tipo de cambio bajo que no le sirve a nadie. Ni a la Pampa húmeda, que volvió a guardar los cereales en los silos", dijo Pichetto.

Ojos sobre el billete verde y el contagio a precios. Los efectos del anuncio oficial son bastante previsibles. Todas las miradas estarán sobre el dólar y el desafío consistirá en determinar cuál es el nuevo valor de equilibrio ahora que el "factor tasa de interés" será menos influyente. Pero, sobre todo, la duda pasa por cuál será el impacto de la devaluación sobre la inflación. Es un punto en el que el gobierno intenta llevar calma, por ahora con poco éxito. Esa discusión está lejos de ser un tema académico entre economistas: bien por el contrario, será la que domine las paritarias que arrancarán en los primeros meses del año. Y, de acuerdo a cuáles sean las expectativas que se impongan, ya quedará en claro si la nueva meta del 15% luce realista o también quedará superada. Mientras tanto, será inevitable convivir con rumores sobre la estabilidad en el cargo del presidente del Banco Central.

Algunos de los economistas que lo apoyaron hasta ahora empezaron a insinuar que debería renunciar ante lo que interpretan como una pérdida de autonomía. Por caso, Diego Giacomini, director de Economía & Regiones y uno de los principales defensores de Sturzenegger, consideró: "La política se llevó puesto al Banco Central. Lo obligaron a cambiar sus metas y no sé si nos mienten o nos toman por bobos. Ahora van a tolerar más inflación durante tres años seguidos, cuando su objetivo primordial era combatirla".

De momento, la conclusión es que la facción del "gradualismo" ganó otra partida y está más vigente que nunca. Impuso su visión sobre que esto es Argentina y que aquí los cambios no son fáciles de imponer, como ya le terminó de quedar claro a Macri con los violentos incidentes callejeros en medio del debate parlamentario.En otro fin de año caliente, ganaron las palomas y perdieron los halcones.