Lima. Kenji Fujimori se representa en las redes como Thor, el superhéroe de Marvel. Y a los nueve congresistas que lo acompañan en su rebeldía les atribuye ser los Avengers, con dibujitos incluidos en sus mensajes.

"Tratar con Kenji es como tratar con un hijo adolescente", dijo la congresista Úrsula Letona, quien, como muchos en el Perú, se burla del hijo menor del expresidente Alberto Fujimori por supuestamente no haber logrado, a los 37 años, superar viejas fases emocionales.

Pero el congresista tiene claro que se dirige a los que no conocen el lenguaje empalagoso de la vieja política, y, de paso, a los fujimoristas de siempre, ya añosos, que lo ven como un nieto consentido y travieso.

Desde que el partido fujimorista Fuerza Popular (FP) se convirtió en 2016 en mayoría absoluta en el Congreso, Kenji le complicó la vida a la jefa de ese colectivo de derecha radical, Keiko, su hermana. Todo cuanto decía ella era respondido con agresividad y sorna.

Kenji fue suspendido dos veces por la bancada por sus posiciones contestatarias, pero eso no lo amilanó. Se presentó en el Congreso con los labios sellados con esparadrapo en señal de que sus compañeros no lo dejaban hablar y recurrió a las redes para hurgar a oponentes internos con un humor de apariencia simplista pero fondo corrosivo.

Y hay una ligazón antigua: desde que Fujimori fue presidente (1990-2000), el niño y adolescente Kenji fue inseparable del padre. El mandatario no ocultaba su amor por ese hijo mientras, al menos en apariencia, dejaba en segundo plano a los otros tres.

Elegido congresista con la mayor votación en 2016, Kenji, portavoz del fujimorismo puro, se empeñó en lograr la libertad de su padre, quien desde 2007 pagaba 25 años de cárcel por 25 asesinatos y dos secuestros, y se peleó con Keiko, de la que dicen sus críticos que no estaba interesada en el indulto porque podría comprometer su liderazgo en FP.

Kenji fue suspendido dos veces por la bancada por sus posiciones contestatarias, pero eso no lo amilanó. Se presentó en el Congreso con los labios sellados con esparadrapo en señal de que sus compañeros no lo dejaban hablar y recurrió a las redes para hurgar a oponentes internos con un humor de apariencia simplista pero fondo corrosivo.

Kenji vs. Keiko. El comportamiento de los dos sectores desdibujó el concepto previo que de los hermanos tenía la opinión pública: Keiko, de 42 años, con su dureza ante el Gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y su cercanía a sectores religiosos ultraconservadores, empezó a ser vista como la autoritaria y retrógrada de la familia, y perdió lo que con timidez había avanzado en el deslinde con el gobierno autocrático y corrupto del padre.

Hábil, el otrora resistido Kenji alejó entonces a los nuevos sectarios, se tornó dialogante y abrazó ideas liberales, con lo que casi de un día para otro pasó a ser, para muchos, la cara amable del sector. Aunque muchos no le creen y aseguran que todo es pantomima, el legislador ya superó en simpatías a la hermana, según sondeos.

Kenji redefine fuerzas en el Congreso. El corolario de la disputa llegó en diciembre: FP, con la invisible batuta de Keiko -que no es congresista- impulsó en el Parlamento la destitución de Kuczynski por una supuesta incapacidad moral derivada de su negativa a reconocer vínculos contractuales con la cuestionada constructora brasileña Odebrecht.

Los números cuadraban: a FP, con 71 congresistas y varios aliados coyunturales, le resultaría fácil llegar a los 87 votos necesarios para la destitución. Pero Kenji se abstuvo y convenció a nueve compañeros de hacer lo mismo. El "sí" solo llegó a 79 votos y todo se frustró. El aparente agradecimiento -o el precio, según lo ven otros-, fue el indulto entregado tres días después.

FP, que expulsó por eso a Kenji y a dos congresistas más y perdió a los otros siete rebeldes que renunciaron por solidaridad, tiene ahora 61 congresistas, cinco menos de la mayoría absoluta. Y fue un Fujimori, un miembro del clan al que sigue cerca de un tercio de los peruanos, el que redefinió las fuerzas. De nuevas peleas entre los hermanos, con el padre como presunto tercero, todavía habrá mucho por ver.